Cambio de paradigma

Cuando somos pequeños tenemos el poder de imaginar cualquier cosa. La mente de un niño se encuentra en proceso de conocer las reglas que rigen el mundo, lo que hace que estén abiertos a cualquier posibilidad imaginable. Podríamos decir que el paradigma personal de un niño está abierto a cualquier opción. A medida que vamos creciendo y aprendiendo desarrollamos una visión más compleja, que nos permite manejar el ambiente, con la contrapartida de perder esa flexibilidad de una mente en la que todo es posible, lo que a veces nos juega malas pasadas.

Un paradigma científico es el conjunto de supuestos fundamentales que define y guía toda la actividad de una disciplina científica, o de la ciencia misma, a lo largo de un periodo de tiempo determinado. Determina las cuestiones de interés, las preguntas que han de ser formuladas, el método de observación para la búsqueda de respuestas y la interpretación de los datos encontrados. Sirven de cuadrícula para poner orden al caos de la realidad y de filtro para apartar lo que es importante de lo que no en la persecución de un objetivo.

microscopioSin embargo, este filtro a veces es un arma de doble filo. Cuando un paradigma está consolidado puede sesgar la visión de la realidad dejándola incompleta y limitando el avance del conocimiento.

No es habitual ni fácil que se produzca un cambio de paradigma, tanto que cuando sucede se suele convertir en una revolución científica. Somos reacios al cambio, entre otras cosas, porque el aferrarse a una única visión hace difícil incluso asumir la existencia de otras perspectivas, igual que las anteojeras no permiten a los caballos desviarse del camino fijado.

Las personas nos guiamos en base creencias  arraigadas, ideas interiorizadas de tal modo que actúan como nuestro propio
paradigma personal

Los seres humanos también tenemos esquemas que usamos para desenvolvernos y relacionarnos con nuestro medio físico y social y con nosotros mismos. Se trata de valores, pensamientos, ideas, creencias, hábitos, miedos, etc. En definitiva, toda la gama de elementos y procesos psicológicos adquiridos desde el nacimiento a través de la experiencia, que forman la estructura de nuestra mente y son la base de casi todas nuestras percepciones y conductas, a menudo de forma inconsciente.

Igual que la ciencia, todos observamos, entendemos y respondemos a la realidad guiados por ese filtro de esquemas mentales que cada uno ha ido configurando a través de los años y que en condiciones normales son útiles para el avance y el crecimiento. Pero hay ocasiones en las que un paradigma demasiado rígido estrecha nuestras miras y dificulta nuestra adaptación, frenando nuestro avance y crecimiento.

Cuando esto ocurre, parte de nuestros esquemas dejan de ser efectivos o se vuelven contraproducentes y se hace necesario revisarlos y ajustarlos. Esto puede suponer una ardua tarea que requi2013-03-14-22.13.04-620x620ere tomar conciencia de qué es lo que está fallando, admitir el error en nuestro funcionamiento, buscarlo y cambiarlo.

La importancia de esto es enorme para el desarrollo personal. La mayoría de las veces en las que no nos atrevemos a hacer algo suele ser porque damos por hecho que no podremos, bien porque no somos lo suficientemente válidos o porque las condiciones del entorno no nos permitirán llevarlo a cabo. En las relaciones personales nos podemos dejar llevar por prejuicios que determinen de antemano la actitud hacia los que nos rodean, muchas veces de forma equivocada.

El mundo no siempre determina nuestra percepción, sino que es nuestra percepción lo que determina nuestro mundo

No es el mundo lo que nos bloquea, sino nuestra percepción de él, y cuando digo mundo incluyo también a la propia persona que percibe y se percibe. No podemos decir que estas percepciones sean irreales. Ciertamente son muy reales para las personas que las vivencian puesto que vienen determinadas por su experiencia, ya sea directa o vicaria, y determinan su conducta. Lo importante no es si es real o no, sino de qué forma nos afecta: ¿nos ayuda o nos perjudica?

En mi anterior post dije que no tenemos una varita mágica para cambiar de golpe el mundo que nos rodea. Es cierto, pero no significa que no podamos hacer nada.No somos plumas a merced del viento. La relación individuo-entorno es bidireccional. Como ya he dicho, nuestros esquemas guían nuestra conducta, lo que influye en el medio que nos rodea y éste a su vez refuerza nuestros esquemas y éstos de nuevo a la conducta… y así hasta el infinito. Es la graphpescadilla que se muerde la cola, pero se puede tomar como un círculo vicioso que nos haga caer cada vez más… o un círculo virtuoso que nos impulse a crecer.

Si se avecina una tormenta podemos pensar que no hay nada que hacer, quedarnos quietos y esperar a que nos empape; también podemos pensar que lo único que se puede hacer para no salir calados es ponerse a cubierto y esperar a que pase; o también podemos pensar que solamente es una dificultad en el camino, coger un paraguas y seguir caminando; incluso podemos pensar que es una buena oportunidad para plantar algo en el jardín. La tormenta es la misma en los cuatro casos, pero la forma de percibirla es muy distinta y la respuesta que se deriva también.

“No podemos cambiar la dirección del viento, pero sí mover las velas, sugiere el arte de navegar por la vida.”

Desaprender para re-aprender y crecer

La experiencia previa tiene una gran influencia en qué opción elijamos. Si hay algo que sabemos en psicología es que el mejor predictor de la conducta futura es la conducta pasada… pero también que tenemos el poder de reducir el valor de esa predicción a .00.  La palabra clave es influencia. Influir no significa determinar, de modo que aunque tengamos cierta forma de ver, sentir, entender y hacer, siempre es posible el cambio. Siempre hay una primera vez, incluso para mirar diferente. Otra palabra clave es posible. Posible tampoco significa fácil.

Muchas veces desaprender es más difícil que aprender. Tanto más cuanto mayor sea el cambio exigido y la fuerza con la que estemos aferrados a nuestros antiguos esquemas y menor nuestra disposición para indagar en nuestro interior en busca de errores y cambiarlos. Cuanto más profundo e inconsciente sea lo que hay que cambiar, más difícil es encontrarlo y cambiarlo. Tanto que incluso puede hacernos falta ayuda.

Prácticamente la totalidad de nuestras creencias y conductas son adquiridas, de modo que la cantidad y variedad de puntos que se puede revisar es muy amplia, pero podemos empezar tomando conciencia de nuestro paradigma personal alrededor de tres ejes básicos:

  1. Creencias acerca de nosotros mismos: pensamientos del tipo “soy bueno, malo, capaz, incapaz, responsable, irresponsable, guapo, feo, listo, tonto, etc.” son la base de nuestro autoconcepto y tienen una gran influencia sobre nuestro comportamiento. Lo que hayamos vivido o hecho en el pasado nos da una imagen de nosotros mismos. No podemos decir que sea una imagen infundada, pero solamente está fundada en la experiencia pasada. El presente está en nuestras manos y el futuro está por escribir. Las preguntas que se debe plantear uno después de analizarse a sí mismo son “¿Qué aspectos de mi autoconcepto no me han ayudado hasta ahora? ¿Qué puedo cambiar? ¿Qué debo hacer para cambiarlo?”
  2. Creencias acerca de las personas que nos rodean: igual que el autoconcepto, nuestra experiencia nos da una imagen de la gente que puede modular la predisposición a tomar las relaciones personales de modos muy distintos. Muchas veces nos dejamos llevar por prejuicios que no nos dejan ver que cada persona es distinta, negándoles la oportunidad de aportarnos cosas positivas. ¡Ojo! No estoy diciendo que todo el mundo sea maravilloso, solamente que es mejor que la imagen que construimos de cada persona que nos rodea se base en lo que compartimos con ellas y no en ideas preconcebidas. Lo importante aquí es detectar nuestros prejuicios e intentar dejarlos a un lado.
  3. Creencias acerca de nuestro entorno: “La verdad está ahí fuera”. Es lo que hubiera dicho el agente Mulder de Expediente X. En sentido estricto, el medio en el que nos movemos es como es, pero las posibilidades de interpretarlo son tan numerosas como personas hay en la tierra… o quizá muchísimo mas. Como en el ejemplo de la tormenta (unos párrafos más arriba) una situación determinada puede ser valorada de formas muy distintas y la reacción ante ella será muy distinta también. El secreto está en detectar qué interpretaciones de nuestra realidad nos ayudan a desenvolvernos en ella eficazmente o, por el contrario, nos lo impiden.

Esta toma de conciencia se puede aplicar a cualquier faceta de nuestra vida. Solamente hace falta una cosa: querer mejorar y creer que se puede.

¿Te atreves a cambiar de paradigma?

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