Septiembre dulce

Llegó septiembre. Terminaron las vacaciones y volvió la rutina. Los niños y jóvenes empiezan un nuevo curso en sus estudios, los adultos retoman su actividad laboral y, como cada año, los medios de comunicación nos invaden con el tema de moda durante estas fechas. Es un temido mal del que nadie, ni grande ni pequeño, está a salvo.sindrome-postvacacional

El síndrome o depresión postvacacional es un trastorno que sufren alrededor del 65% de los españoles en su regreso de las vacaciones de verano. Consiste en un estado de malestar general que puede ir acompañado de síntomas como irritabilidad, apatía, tristeza, falta de apetito y sueño o incluso dolores musculares que dificultan el regreso a la rutina durante algunos días. Nada nuevo.

Ahora bien, desde hace algunos años, cuando empiezan a prevenirnos del trastorno siempre pienso en las personas que se encuentran en la situación contraria. Aunque no se les dé cobertura mediática, también existen personas que no solamente vuelven al trabajo sin un sufrimiento significativo, sino que van mucho más allá. Cuando se acerca la por muchos temida fecha del regreso a la rutina, lo que en otros es disgusto y abatimiento, en éstos es ilusión y energía.

¿Pero tú de dónde has salido? ¡No estás bien!

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Son algunas de las respuestas que estas personas suelen recibir habitualmente en una conversación con amigos a finales de agosto. La mayoría manifiesta su malestar por lo que se viene encima pero ellos afirman, casi con vergüenza, estar deseando retomar su actividad, ante la mirada atónita de sus interlocutores.

Habrá quien pueda pensar que cuando una persona está deseando volver a trabajar después de vacaciones es porque no sabe apreciar ese periodo de descanso. Quizá no haya podido irse de viaje o sus allegados sean unos aburridos y necesite volver a trabajar para matar el tiempo. Puede incluso que padezca alguna extraña variante del masoquismo.

No me atrevo a rechazar rotundamente ninguna de las anteriores opciones, aunque mi opinión es diametralmente opuesta: simplemente son felices y disfrutan del tiempo que pasan en su trabajo y de lo que hacen allí.

Muchas de estas personas han sabido encauzar su vida laboral hasta llegar a un puesto que deseaban, por el que se sentían lo suficientemente motivados para asumir las inversiones de tiempo y esfuerzo que requería su objetivo. Otras llegaron a puestos que quizá en principio no estaban en su lista de deseos, pero que poco a poco fueron aportándoles cosas positivas por las que crecer profesionalmente. Las razones individuales que les llevaron a ser felices en su puesto de trabajo, pueden ser muy diversas de un individuo a otro y muy válidas todas ellas. Cada uno debe buscar sus propios motivos. Lo realmente importante es que, entre unas cosas y otras, esas personas se levantan con alegría cada día para ir a trabajar, desempeñar su función y seguir desarrollándose. ¿No sería fantástico que todos nos sintiésemos así?

Be water, my friend

Es posible que nuestro puesto de trabajo no sea, ni de lejos, aquel con el que siempre soñamos. Ante esta situación tenemos dos opciones , que tendrán consecuencias en nuestra actitud hacia la rutina diaria:

  1. Lamentarnos por las cosas que tenemos que hacer sin que nos gusten, los malos horarios, un sueldo que podría ser mejor, las elecciones equivocadas del pasado que nos trajeron hasta aquí, lo bien que estaríamos en otro lugar… en definitiva, centrarnos en todo lo que hay de negativo en nuestro día a día.
    ···
  2. Ser positivos: salvo en contadas ocasiones, siempre es posible sacar puntos positivos de cualquier situación vital e intentar crecer. Podemos centrarnos en las cosas buenas que seguramente tiene nuestro trabajo; buscar cosas de nuestra rutina laboral que nos hagan sentir bien, intentar mejorar en lo que hacemos peor y perfeccionar lo que mejor hacemos, entablar buenas relaciones con los compañeros, aprender de los errores para no volver a caer en ellos en el futuro.

Si adoptamos la primera opción no conseguiremos nada más que aumentar nuestro mal estar y que todavía sea más duro levantarse todos los días al sonar el despertador. Sin embargo, si hacemos el esfuerzo de buscar y dar valor a lo bueno, nuestra actitud será más positiva y afrontaremos el día con mejor humor y predisposición.

Seguro que hay más de una cosa, persona o momento que nos hace sentir bien incluso mientras desempeñamos ese trabajo que no nos gusta. Mejor que obviarlo es valorarlo y tenerlo presente, pero esto es muy difícil si continuamente nos estamos fijando en lo negativo. No se trata de convertirnos en el trabajador más feliz y satisfecho del mundo de la noche a la mañana, pero sí de ser un poco más feliz, un poco más satisfecho.

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado.

Ésta es una frase del Génesis muy arraigada en nuestra cultura, en la que el trabajo es visto a menudo como un castigo, una obligación para la supervivencia. En cierto modo es así: necesitamos trabajar para obtener los bienes básicos que nos permitan salir adelante. Pero también es mucho más que eso y puede ofrecer oportunidades de desarrollo personal y social que difícilmente se pueden alcanzar de otra manera. Mucha gente se despierta el lunes y pone en marcha una cuenta atrás mental hasta el viernes por la tarde, momento en el cual empieza el tiempo para vivir. Si lo pensamos bien, ese es un panorama desolador. Una semana tiene demasiadas horas laborales (o lectivas) para utilizarlas lamentándonos y clamando al cielo pidiendo que las manillas del reloj se muevan más rápido.

No debemos olvidar que el trabajo ocupa (o debería) al menos ocho horas diarias. Este dato nos dice que una persona que se sienta feliz y satisfecha con su puesto de trabajo lo será durante un tercio de su vida adulta, ahí es nada, la misma cantidad de tiempo que una persona que se sienta desgraciada. Teniendo esto en cuenta, llegar a ser feliz y sentirse realizado en el trabajo no es ninguna tontería. Es inmenso el valor de encontrar una ocupación que nos permita cubrir nuestras necesidades, desarrollar nuestras capacidades, retarnos y dotar de significado nuestro día a día, más allá de permitirnos llenar el frigorífico a final de mes.

Las personas felices con su trabajo suelen ser más felices en su vida en general.

Para concluir quiero explicar que el síndrome postvacacional, que me ha servido para dar entrada a este post, no tiene por qué significar que una persona es infeliz en su trabajo. Por supuesto, es posible que tras el periodo vacacional la vuelta a la rutina pueda ser un golpe que nos deje noqueados y que pasados unos días volvamos a estar en plena forma. Incluso es totalmente normal que los trabajadores tengan periodos con un mayor nivel de satisfacción laboral y otros con menos. Sin embargo, si la situación no cambia y se prolonga indefinidamente en el tiempo podría ser hora de plantearse ciertas cuestiones más trascendentales en lo referente a nuestra vida laboral.

Mientras  derramamos el sudor de nuestra frente para ganarnos el pan podemos sacar algo positivo y hasta disfrutar de ello.

 Eres feliz

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